Fórmula 1

¡Mika campeon al fin!

A estas alturas del año, a comienzos, de noviembre, a menudo me paro a recordar algunos de los momentos más estresantes y emocionantes de mi carrera. Exactamente, me refiero a las carreras decisivas para mis campeonatos del mundo.

Gané dos mundiales de Fórmula 1 en el 98 y el 99, los dos con McLaren-Mercedes e, inevitablemente, el primero de ellos fue el más visceral e intenso. Déjeme explicar el porqué.

Ese año volé hasta Suzuka vía Shanghái, para aparecer en una serie de actos de promoción para mi equipo en una de las ciudades más pobladas de China; después fui a representar a uno de los patrocinadores, West, y finalmente me desplacé más hacia el Este para aclimatarme a la zona horaria. El primer Gran Premio se celebró en 2004, seis años después de mi tour promocional con West, I puedo afirmar sin duda que Shanghái era entonces muy diferente de lo que es ahora. No existían esos enormes luminosos con marcas occidentales que hay ahora; no, no había casi anuncios y la inmensa mayoría de los coches eran destartalados coches Volkswagen, mientras que el 90 por ciento de la gente se movía en bicicletas que no estaban en su mejor momento precisamente.

Pero entonces, al igual que ahora, la población china era la mayor del planeta y los espónsores vieron que eso tenía un gran potencial. Por eso estaba yo allí con West, por supuesto.

Me lo pasé bien allí y, como pretendíamos, ni siquiera tuve síntomas de jetlag en el que acabó siendo un viaje plácido y divertido. Así pues, cuando unos días después volé de Shanghái a Suzuka me sentía fresco, preparado y seguro.

Estaba sólo cuatro puntos por delante de mi archienemigo en el Mundial, Michael Schumacher, 90 frente a sus 86 y, como es lógico, el Mundial estaba todavía en juego. Sabía que el Ferrari de Michael iba a ser rápido en Suzuka, y que Michael haría lo propio… pero también estaba seguro de que mi equipo McLaren-Mercedes había se había esforzado al máximo para mejorar el tiempo por vuelta. Así, aunque estaba contento de ver que tanto yo como mi equipo estábamos haciendo todo lo posible para hacernos con el campeonato, justo lo que hacía que me sintiera seguro, también me sentía inquieto y nervioso. Era algo inevitable bajo la presión del momento.

Llegados a ese punto, decidí abstraerme de todas las cábalas numéricas que podían darse de cara al Mundial. Quise tener la única determinación de ganar la carrera sea como fuere, y que las matemáticas fueran algo secundario.

En la clasificación, como era de esperar, Michael y yo fuimos los más rápidos, y con un buen margen. Hice una buena vuelta, o eso pensaba, porque al final Michael me arrebató la pole con una diferencia de sólo 0,178 seg. Los dos con una clara ventaja de un segundo sobre el tercer puesto de mi compañero de equipo David Coulthard.

Esa noche la prensa se deshacía en titulares sobre el dramático final del mundial y similares mientras yo trataba como podía de conciliar el sueño.

En la mañana de la carrera, abrí las cortinas de la minúscula ventana de mi habitación en el hotel del circuito de Sukuka y vi con alivio que el día amanecía seco y despejado. Desayuné con mi manager, Didier Coton, y después nos dirigimos juntos hacia el paddock. Según avanzaba la mañana, me esforzaba por mantener mi rutina previa a las carreras con la mayor normalidad posible: una reunión con mis ingenieros, una charla con Ron Dennis, un poco de palique con Norbert Haug y algo de cachondeo con David.

Conforme el sol llegaba a su punto más alto, me daba cuenta de que la carrera estaba a punto de comenzar y empecé incluso a trastabillarme. No podía dejar de hablar, algo muy raro en un finlandés, y más raro todavía para mí. En esa época, en los fines de semana de carrera, me encerraba en mí mismo para centrarme al máximo en mi trabajo, pero aquel 1 de noviembre de 1998 los nervios parecían poder más que yo y no había manera de cerrar el pico.

“Tranquilizate, Mika, me decía a mí mismo. Me senté a solas y comencé a meditar, esforzándome en pensar en todas mis virtudes y en todas las carencias de Michael para llenar la mente con la cantidad correcta de confianza necesaria para el esfuerzo titánico que tenía por delante. Sobre todo me recordé que mi coche normalmente era más rápido con el depósito lleno y que solía aprovechar esa ventaja en las primeras vueltas de la carrera.

En la vuelta de calentamiento sentía perfectamente la tensión pero tenía las emociones bajo control. Justo cuando llegamos a la línea de salida. Se encendieron las 5 luces rojas en la línea de salida, puse mi V10 Mercedes al nivel exacto de revoluciones, solté el embrague manual y salí, la verdad, bastante bien. Pero no sirvió para nada porque por detrás de mí, en al puesto 14o de la parrilla, Jarno Trulli había calado su Prost-Peugeot y hubo que detener la carrera inmediatamente, por seguridad.

Inevitablemente, la tensión aumentó para todos los pilotos, pero sobre todo para Michael y para mí. Poco después salimos de nuevo a dar una vuelta de calentamiento. Era consciente del peligro de poner mi monoplaza bajo una presión innecesaria; los Fórmula 1 están diseñados para realizar una sola salida desde parado, no dos muy consecutivas, así que procuré rodar con la máxima suavidad para tomar la segunda salida.

Delante de mí pude ver que Michael no estaba siendo tan cuidadoso. Llegó a la parrilla de salida antes que yo, y cuando coloqué mi McLaren-Mercedes en la P2, su Ferrari ya llevaba algo de tiempo parado en su lugar. Conduje los últimos 5,8 km muy lento para salvaguardar la temperatura de funcionamiento de mi motor, mi caja de cambios, mi embrague y, en definitiva, mi todo. En esa segunda vuelta de calentamiento tuve mucho cuidado incluso con mi interacción con el volante para asegurarme de que tenía ningún tipo de degradación en los neumáticos.

Conforme miraba la familiar perspectiva de Michael en su Ferrari rojo, no podía dejar de pensar en que yo hubiera tomado la decisión correcta y él la incorrecta. Pero al instante decidí desechar ese pensamiento y comencé a planificar la carrera hasta la curva uno, confiando en tener una buena salida. Michael siempre fue un competidor prodigioso, fuerte y con una defensa agresiva, y sabía que mi mejor opción para ponerme por delante iba a estar en la salida.

Pero, ¡no! justo cuando íbamos a hacer nuestra segunda salida, el monoplaza de Michael se caló. Mis sospechas se confirmaron y parecía que arriesgó demasiado en la segunda vuelta de calentamiento. Así, cuando la carrera se puso en marcha rodaba líder mientras veía cómo Michael se quedaba muy atrás. Segundo rodaba Eddie, el compañero de equipo de Michael, y el tercer puesto era para mi compañero DC. Eddie trató de darme alcance pero yo no estaba por la labor y fui capaz de mantenerle a raya sin tener que exprimir demasiado el coche. La carrera había comenzado perfecta para mí.

Pero Michael estaba gestando una de sus famosas hazañas. Al final de la primera vuelta ya iba 12o , y tres vueltas después se colocaba séptimo. Estaba pilotando con maestría; no hay mejor palabra para describirlo. El equipo me mantenía informado de sus meteóricos adelantamientos por la radio pero me esforzaba por no entrar en pánico. En todo momento mi objetivo había sido el de ganar la carrera y eso era justo lo que pretendía hacer.

Después de la primera ronda de paradas en boxes, rodaba confiado en primer lugar, por delante de Eddie… pero con Michael ya tercero. Eddie tuvo que entrar pronto a boxes para cambiar goma, siguiendo claramente una estrategia a tres paradas, lo que hizo que Michael se colocara segundo. De acuerdo, todavía tenía una buena posición pero rendía un silencioso tributo a la gesta de mi rival: pasar de la última posición a la segunda en menos de 30 vueltas y en uno de los trazados más exigentes del calendario… Era impresionante, ni más ni menos.

¿Podría darme caza? Si lo hacía, y me pasaba, acabaríamos el mundial empatados a 96 puntos con siete victorias y dos segundos puestos cada uno, pero Michael se llevaría el título porque había logrado más terceros puestos que yo (tres, frente a mis dos). Así que tenía que mantenerme por delante como fuera. Tenía que ganar la carrera como fuera.

Me concentré al máximo y empecé a tirar un poco más fuerte. Notaba el coche bien. Respondía perfectamente a mis órdenes. “Puedes lograrlo, Mika, me decía a mí mismo.

Al final todo terminó en un momento. En la vuelta 32, Michael tuvo un pinchazo en su rueda trasera derecha y ahí acabó su carrera.

Me sentí raro. Sabía que era campeón del Mundial pero era raro haberlo ganado de ese modo. Necesité unas cuantas vueltas para asimilar la información: ya era campeón a pesar de que la carrera ni siquiera había terminado. Mi reacción fue la de culminar la carrera sin que importara el resto; quería ganar el título con estilo, y me afané en no cometer ningún error en las últimas 20 vueltas.

Ron me hablaba bastante por radio en las últimas vueltas y puso de mi parte toda su experiencia para pedirme que mantuviera las emociones bajo control para no cometer ningún fallo tonto. Era, y es, un hombre realmente inteligente. Mantuve el ritmo hasta ver la bandera a cuadros y sólo aflojé un poco en la última vuelta, pero aun así acabé cómodamente 6,5 segundos por delante de Eddie, el compañero de Michael. En tercer lugar quedó DC, lo que me alegró mucho porque pude estar con un buen compañero en el podio para celebrar mi momento de gloria.

Al cruzar la meta, no tengo ni idea de por qué, pero me puse a cantar pop finlandés por la radio del equipo. Bueno, quizás sí que sabía por qué. Creo que lo que quería era dejar claro que no se trataba de mi victoria. No, era nuestra victoria. DC había sido el compañero de equipo ideal todo el año y los ingenieros y mecánicos de McLaren-Mercedes habían hecho una temporada excelente. Juntos, no sólo habíamos ganado el mundial de pilotos, sino que también nos hicimos con el de constructores y, aunque no sé si mi esfuerzo melódico me apartaría en algún momento de mi vida de ganar un Grammy, creo que mi compañero de equipo supo que cantaba para intentar compartir mi alegría con él.

Ya en el podio, con DC, brotaron las lágrimas. No me avergüenzo en absoluto. Eran lágrimas de alegría.

Esa noche, entre copas y más canciones (karaoke incluido) en el legendario bar Log Cabin del hotel del circuito de Suzuka, disfrutamos todos de un rato inolvidable. Las caras de Ron y Norbert irradiaban alegría en estado puro.

Aún hoy lo recuerdo, 17 años después, con toda nitidez. Y cuando me cruzo con algún compañero que trabajaba entonces en McLaren-Mercedes, muchos ahora en McLaren-Honda, por supuesto, y algunos en Mercedes AMG… no tenemos que decir ni una palabra. Sabemos justo lo que estamos pensando. El orgullo de lo que logramos como equipo estará ahí para siempre.

Fue sido un camino realmente largo. Trabajamos juntos durante cinco largos años con muy poca recompensa. Y por fin, lo logramos.

Ganamos el mundial de pilotos y ganamos también el mundial de constructores.

Juntos.

No lo olvidaré nunca.

Ninguno de nosotros lo hará.

Nunca.

Fuente: es.mclaren.com

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